La Luna, el único satélite natural de la Tierra, se formó hace aproximadamente 4.500 millones de años, poco después del nacimiento de nuestro planeta. Aunque durante siglos se propusieron diversas explicaciones sobre su origen, actualmente la teoría más aceptada es la del gran impacto.
Según esta hipótesis, un protoplaneta del tamaño aproximado de Marte, conocido como Theia, colisionó con la joven Tierra. El choque fue tan violento que expulsó enormes cantidades de roca y material fundido al espacio. Parte de estos escombros quedó orbitando alrededor del planeta formando un disco de material.
Con el paso de millones de años, la gravedad hizo que estos fragmentos se unieran progresivamente hasta formar un único cuerpo: la Luna. Las investigaciones indican que gran parte de su composición procede de las capas externas de la Tierra y del propio objeto impactante.
Las evidencias que respaldan esta teoría provienen principalmente del análisis de las rocas lunares recolectadas durante las misiones Apolo. Estas muestras presentan una composición química muy similar a la de las rocas terrestres, lo que sugiere un origen común.
Tras su formación, la Luna se encontraba mucho más cerca de la Tierra que en la actualidad. A lo largo de miles de millones de años ha ido alejándose lentamente debido a las interacciones gravitatorias entre ambos cuerpos. Hoy continúa alejándose a una velocidad aproximada de 3,8 centímetros por año.
La formación de la Luna tuvo una enorme importancia para la evolución de nuestro planeta. Su gravedad genera las mareas oceánicas y ayuda a estabilizar la inclinación del eje terrestre, contribuyendo a mantener un clima relativamente estable. Sin la Luna, la historia geológica y biológica de la Tierra podría haber sido muy diferente.