El 17 de mayo de 1990 marcó un momento histórico para la medicina, la psicología y los derechos humanos. Ese día, la Organización Mundial de la Salud eliminó oficialmente la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10), dejando de considerarla un trastorno o una enfermedad mental. Esta decisión fue el resultado de décadas de investigación científica que demostraron que la orientación sexual hacia personas del mismo sexo es una variación natural de la sexualidad humana y no una patología que requiera tratamiento.
Durante gran parte del siglo XX, muchas sociedades y algunos sectores de la comunidad médica consideraban la homosexualidad como una enfermedad o un trastorno psicológico. Estas creencias estaban influenciadas por prejuicios culturales, religiosos y sociales más que por evidencia científica. Como consecuencia, miles de personas fueron sometidas a tratamientos médicos y psiquiátricos que hoy se consideran ineficaces y éticamente inaceptables, como terapias de aversión, hospitalizaciones e incluso procedimientos invasivos destinados a cambiar su orientación sexual.
A partir de la década de 1950 comenzaron a surgir investigaciones que cuestionaban estas ideas. Diversos estudios en psicología y psiquiatría mostraron que las personas homosexuales no presentaban mayores índices de trastornos mentales únicamente por su orientación sexual. En cambio, muchas de las dificultades emocionales observadas estaban relacionadas con el estigma, la discriminación y el rechazo social, más que con la homosexualidad en sí.
Un paso importante ocurrió en 1973, cuando la American Psychiatric Association decidió eliminar la homosexualidad del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM). Esta decisión estuvo respaldada por múltiples investigaciones científicas que no encontraron evidencia de que la homosexualidad constituyera un trastorno mental. Años después, otras organizaciones médicas y psicológicas siguieron el mismo camino, contribuyendo a un cambio progresivo en el consenso científico.
Finalmente, el 17 de mayo de 1990, la OMS adoptó oficialmente esta postura al excluir la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades. La organización reconoció que la orientación sexual por sí misma no representa una enfermedad, un trastorno ni una condición que deba ser tratada médicamente. Esta decisión tuvo un enorme impacto internacional, ya que la CIE sirve como referencia para los sistemas de salud de numerosos países.
Desde el punto de vista científico, la evidencia acumulada indica que la orientación sexual surge de una compleja interacción de factores biológicos, genéticos, hormonales y ambientales durante el desarrollo humano. Hasta la fecha, no existe evidencia de que la homosexualidad sea una enfermedad, una alteración del desarrollo o una condición que pueda prevenirse o curarse. Las principales organizaciones médicas y psicológicas del mundo coinciden en que constituye una expresión normal de la diversidad humana.
La decisión de la OMS también contribuyó a reducir el estigma hacia las personas homosexuales y fortaleció el reconocimiento de sus derechos en numerosos países. Además, impulsó cambios en la práctica clínica, promoviendo una atención sanitaria basada en el respeto, la evidencia científica y la no discriminación. Organizaciones como la APA, la American Psychological Association y otras asociaciones profesionales rechazan actualmente las llamadas "terapias de conversión", ya que carecen de respaldo científico y pueden ocasionar daños psicológicos significativos.
En conmemoración de este acontecimiento, cada 17 de mayo se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, una fecha que busca promover el respeto, combatir la discriminación y recordar la importancia de que las decisiones médicas y científicas estén fundamentadas en la mejor evidencia disponible y no en prejuicios sociales.
La eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades constituye uno de los ejemplos más representativos de cómo la ciencia evoluciona con el tiempo. A medida que aumenta el conocimiento y mejora la calidad de las investigaciones, las instituciones científicas revisan y actualizan sus posturas. Este proceso demuestra que el avance científico depende de la evidencia objetiva, el análisis crítico y la disposición para corregir conceptos previamente aceptados cuando los datos así lo justifican.