Mario José Molina Henríquez (1943–2020) fue uno de los científicos más influyentes del siglo XX y comienzos del XXI, no solo por la relevancia de sus descubrimientos, sino por haber demostrado que la ciencia puede y debe dialogar con la política y la sociedad cuando el futuro del planeta está en juego. Químico mexicano de formación y ciudadano del mundo por vocación, Molina es recordado como el investigador que ayudó a revelar una de las mayores amenazas ambientales globales: la destrucción de la capa de ozono.
Nacido en Ciudad de México, Molina mostró desde muy joven una profunda curiosidad científica. Estudió Ingeniería Química en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y posteriormente realizó estudios de posgrado en la Universidad de Friburgo, en Alemania, antes de obtener su doctorado en Química Física en la Universidad de California, Berkeley. Fue en Estados Unidos donde desarrolló la investigación que marcaría su legado.
En 1974, junto con el químico F. Sherwood Rowland, Molina publicó un artículo que cambió para siempre la comprensión de la atmósfera terrestre. En él, demostraron que los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos químicos ampliamente utilizados en aerosoles, refrigerantes y espumas plásticas, podían ascender hasta la estratósfera y liberar átomos de cloro bajo la radiación ultravioleta. Estos átomos catalizaban la destrucción del ozono, una molécula esencial para la vida en la Tierra por su capacidad de filtrar la radiación ultravioleta solar.
La importancia de este hallazgo fue inicialmente recibida con escepticismo e incluso con fuerte oposición por parte de la industria química, ya que los CFC eran considerados sustancias seguras e inertes. Sin embargo, con el paso de los años, las predicciones de Molina y Rowland se confirmaron de forma dramática con el descubrimiento del agujero en la capa de ozono sobre la Antártida en la década de 1980. La ciencia había advertido a tiempo.
Este conocimiento impulsó uno de los mayores logros de la cooperación internacional: el Protocolo de Montreal de 1987, un acuerdo global para eliminar progresivamente las sustancias que dañan la capa de ozono. Gracias a este tratado, considerado uno de los más exitosos en la historia ambiental, la capa de ozono muestra hoy señales claras de recuperación. En reconocimiento a este trabajo, Mario Molina, junto con Rowland y Paul Crutzen, recibió el Premio Nobel de Química en 1995.
Más allá del Nobel, Molina dedicó gran parte de su vida a promover el uso del conocimiento científico en la toma de decisiones públicas. Fue un firme defensor de la acción climática, la reducción de contaminantes atmosféricos y la educación científica en América Latina. Participó como asesor en organismos internacionales, colaboró con la ONU y fue una voz clave en el debate sobre el cambio climático y la calidad del aire en grandes ciudades, especialmente en México.
Mario Molina encarnó una visión ética de la ciencia: el científico no como observador distante, sino como actor responsable frente a los problemas globales. Su legado no se limita a un descubrimiento químico, sino a haber demostrado que la evidencia científica puede transformar políticas, proteger ecosistemas y salvar millones de vidas. En la historia de la ciencia, Molina ocupa un lugar fundamental como el hombre que ayudó a proteger el cielo que cubre a toda la humanidad.